El musgo, la suciedad acumulada y el paso del tiempo deslucen la superficie de lápidas y nichos, transmitiendo una sensación de abandono que, en la mayoría de los casos, no representa el sentir de los allegados del difunto. Por ello, una o dos veces al año deben limpiarse en profundidad, con técnicas y productos respetuosos con su material constructivo, pues no todas las lápidas Muros se fabrican con la misma piedra.
Con diferencia, el granito es la piedra más utilizada en la creación de estos productos funerarios. Esta roca ígnea posee una resistencia elevada, aunque tolera mal el exceso de humedad y la acción de químicos abrasivos. Su mantenimiento debe hacerse con una solución de agua y jabón y una esponja suave. Las incrustaciones se eliminan bien con un cepillo de cerdas suaves.
Las lápidas marmóreas, por su parte, destacan por su valor estético, elegancia y durabilidad. Como contrapartida, es una piedra vulnerable a los arañazos y rayaduras, lo que supone un desafío para las personas a cargo de su limpieza. Esta tarea debe hacerse con jabón negro, agua y un cepillo suave, secando luego la piedra a conciencia.
La piedra caliza es otra elección habitual en nichos, lápidas y otros elementos funerarios. Presenta una mayor porosidad y blandura que el mármol, por lo que el secado es primordial para alargar su vida útil. Se evitará el uso del limón, el vinagre y cualquier producto derivado, en favor del jabón neutro y los limpiadores específicos para caliza.
Respecto al pulido de la caliza, el mármol o el granito, se recomienda el uso de abrillantadores o de pastas de bicarbonato, que deben aplicarse y, después de frotar en círculos, dejarse secar durante unas horas. Esta fase final devuelve a la lápida todo su brillo y permite a los familiares manifestar el cariño y afecto que todavía sienten hacia el difunto.