El nexo entre Breguet y Napoleón, la amistad de Louis Cartier con el aviador Santos-Dumont, etcétera: hay marcas relojeras que esconden historias tan sorprendentes como sus cronógrafos más preciados. Por ejemplo, el diseño de los Relojes Ebel en Vigo ha mantenido la misma filosofía durante más de un siglo: fusionar la estética y el refinamiento femeninos con la funcionalidad masculina.
Este planteamiento surgió de la mente de sus fundadores, el matrimonio suizo Eugène Blum y Alice Lévy, que acuñaron así una de las señas de identidad de EBEL (acrónimo de Eugène Blum et Lévy). Otra firma con un origen insólito es Seiko, que comenzó su andadura como un modesto local dedicado a la reparación de relojes en Tokio.
La marca creada por Kintaro Hattori impulsó la fabricación masiva de relojes de cuarzo, desencadenando la crisis o revolución que lleva su nombre. Este salto de gigante vino de la mano del Seiko Quartz Astron 35SQ y obligó a toda una industria a evolucionar y adaptarse a la globalización del mercado.
Más desconocida si cabe es la relación de Breguet con Napoleón Bonaparte. El militar francés fue cliente de este icónico fabricante y emprendió muchas de sus campañas con varios de sus relojes de repetición. Otros consumidores ilustres de la Casa Breguet fueron María Antonieta, Carolina Murat y Winston Churchill.
La búsqueda de éxito y rentabilidad no son los únicos incentivos de la innovación en el sector relojero. Para muestra, el Cartier Santos, un modelo pionero que nació expresamente para que el amigo del fundador, Alberto Santos-Dumont, pudiera consultar la hora mientras volaba su aeroplano.
La serie G-Shock surgió como resultado de una «tragedia» personal de Casio Kikuo. El empresario japonés perdió un reloj obsequio de su padre en una caída fortuita, lo que motivó la creación del Project Team Tough, proyecto que culminó en la creación del primer G-Shock, un modelo casi indestructible.