Estaba yo tan tranquilo trabajando en mi despacho, pero entonces llegó la revolución del teletrabajo y he tenido que dar la bienvenida a una nueva inquilina: mi mujer. En su empresa comenzaron a fomentar el teletrabajo aprovechando la coyuntura, sobre todo dirigido a personas con niños pequeños o cargas familiares. Al principio, con el niño en casa sin colegio fue casi imprescindible en muchas familias que ambos progenitores se quedaran en casa. Luego, a partir de septiembre, con los niños de vuelta al cole, algunas empresas cortaron lo del teletrabajo, pero en la de mi mujer no.
Yo llevo trabajando en casa más de diez años y estoy plenamente adaptado, aunque sé que tiene sus pros y sus contras. Pero mi mujer nunca había trabajado en casa en su vida y notó bastante el cambio. Lo primero que hizo fue hacer cambios en mi despacho que ahora pasaba a ser ‘nuestro’ despacho. Fuimos a comprar muebles de despacho porque estaba empeñada en cambiar la mesa de los ordenadores.
Yo soy la clásica persona a la que le cuesta cambiar. Es cierto que mi mesa era una poco pequeña y estaba ya bastante antigua… Vale, sí, se caía a trozos, pero yo estaba bien con ella. Al tener que poner mi mujer su portátil y todos sus cacharros necesitábamos más espacio, de eso no había duda. Cuando fuimos por fin a comprar muebles de despacho sabía que debía estar muy vivo porque si no mi mujer me podía adelantar por la tangente. Debía estar atento a sus dotes de seducción para que no me diera gato por liebre y acabar comprando solo cosas que le gustaran a ella.
Y es que había que tener presente que, tal vez, a su empresa le dé por cortar el tema del teletrabajo y que tuviera que volver a la oficina. Y podía suceder que al final yo me quedara con todos los muebles nuevos decorando mi recuperado despacho. Pero, al final, no pudo ser. Solo pude hacer un par de sugerencias. Nueva mesa, nuevo armario, nueva cajonera y hasta cambié de butaca: todo elegido por mi mujer, que le ha cogido el gusto al teletrabajo. Al mío y al suyo.