La ciudad todavía duerme cuando mi despertador marca las cinco y media de la mañana. Afuera, ese orballo tan característico de Vigo ya está humedeciendo las aceras, dejando un rastro oscuro y brillante bajo la luz anaranjada de las farolas. Me pongo el uniforme, me tomo un café rápido y salgo a la calle antes de que el tráfico empiece a adueñarse de las avenidas. Trabajar en una empresa de limpieza de comunidades en Vigo es un oficio muy peculiar; somos, en muchos sentidos, los fantasmas que mantienen la ciudad en orden antes de que el resto del mundo despierte.
Mi ruta de hoy empieza en los enormes bloques de pisos de Coia, continuará por la zona de As Travesas y terminará al mediodía en los edificios señoriales cercanos a la Alameda y la Plaza de Compostela. El maletero de mi furgoneta va cargado con cubos, fregonas, cepillos y garrafas de productos cuyo olor a pino, amoniaco y lejía ya se ha impregnado permanentemente en mis manos. Al abrir la puerta del primer edificio, me recibe el silencio sepulcral del portal. Hay algo casi terapéutico en enfrentarse a un suelo de mármol empañado por las pisadas del día anterior y devolverle poco a poco su estado impecable. El sonido rítmico de la fregona deslizándose por las baldosas y el leve eco de mis propios pasos en los descansillos son mi única banda sonora durante las primeras horas de mi turno.
A medida que avanza la mañana, los edificios empiezan a cobrar vida y el trabajo se vuelve más social. Conozco las rutinas de los vecinos de Vigo mucho mejor de lo que ellos mismos imaginan. Sé perfectamente qué puerta se abre a las siete en punto para sacar al perro, quién sale corriendo siempre tarde hacia el trabajo tropezando por la escalera, y quién se detiene a leer detenidamente los avisos del tablón de la comunidad. A veces, la interacción se limita a un «buenos días» apresurado mientras me aparto con el cubo para dejarles paso. Otras veces, recibo pequeñas recompensas humanas que hacen que el esfuerzo físico valga la pena: la señora del quinto que baja expresamente a darme las gracias por cómo he dejado los metales del ascensor, o el conserje del bloque de al lado que me guarda un hueco en la acera para que pueda aparcar un momento la furgoneta.
No voy a mentir, es un trabajo duro que pasa factura. Subir y bajar decenas de escaleras cargando peso y pelear contra las manchas de humedad que el clima gallego se empeña en dejar en las paredes resiente las lumbares. Los días de temporal invernal, cuando el viento del Atlántico empuja la lluvia directa contra las puertas de cristal, sé perfectamente que mi trabajo de esa mañana durará apenas unos minutos intacto antes de llenarse de huellas embarradas. Y aun así, vuelvo a repasar el suelo con paciencia.
Cuando termino mi jornada, me gusta detenerme un segundo antes de cerrar el último portal. El olor a limpio inunda el pasillo, el ascensor brilla y los cristales de la entrada reflejan la luz del sol que, con suerte, ha decidido asomar al fin sobre la ría. Salgo a la calle con el cansancio acumulado en los hombros, pero con la satisfacción silenciosa de saber que, gracias a nuestro trabajo invisible, el regreso a casa de cientos de personas será hoy un poco más amable.