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Un niño necesita su espacio

Mi hijo se ha trasladado definitivamente a su habitación. Hasta ahora dormía con nosotros en la nuestra, pero así está mejor. Aunque siendo bebé es normal que estemos cerca de él en la hora del sueño, últimamente éramos nosotros los que le perjudicábamos a la hora de dormir. Tiene el sueño ligero y ante cualquier movimiento protestaba. Ahora duerme mucho mejor. Y nosotros, la verdad, también.

Su habitación llevaba tiempo preparada. No es que seamos unos apasionados de la decoración, pero nos lo habíamos trabajado un poco. Como le encantan los coches compramos un estor infantil en el que aparecen unos dibujos de sus coches preferidos. Y a la hora de dormir se queda mirando para el estor con los ojos como platos hasta que va cayendo… Todo un acierto.

Además, hemos hechos algunos cambios en la habitación que hasta el momento del traslado funcionaba casi como trastero. Hemos pegado la cama a la pared (que usamos a veces cuando está malito o no coge el sueño) de forma que hay mucho más espacio. Ese espacio es usado ahora por el niño como campo de juegos. Aunque la casa entera es su campo de juegos (solo cerramos los baños y ya está aprendiendo a abrir esas puertas), poco a poco, va entendiendo que ese espacio es el suyo. Tanto es así que cuando ve que no está vacío o nos hemos dejado algo sin colocar, muestra su insatisfacción con alguno de sus gestos típicos.

Y cuando todo está preparado, se pone en marcha: coge alguna de las bolsas de juegos, la lleva al centro de la habitación y nos mira como diciendo “venga, a jugar conmigo”. Se sienta como un Buda en miniatura y espera pacientemente a que nos sentemos con él. Es graciosísimo. Y cuando se cansa, coge la bolsa de juegos y empieza a guardarlo todo. Es súper ordenado el chaval.

A veces, no quiere jugar y simplemente se queda mirando su estor infantil, el de los coches, hasta que recuerda que es un niño y tiene que ponerse otra vez en movimiento. En su nueva habitación, sin duda, es feliz.