Siempre había pensado que mi casa era cómoda, que no necesitaba nada más. Pero un día, mientras cocinaba en mi pequeña cocina cerrada, me di cuenta de que la luz natural se perdía antes de llegar a la encimera. Fue entonces cuando empecé a pensar en las reformas integrales en Ribeira y en cómo un cambio total podría transformar no solo la estética, sino también mi forma de vivir cada espacio.
Empezar esta aventura no fue fácil. Me senté con la arquitecta y el jefe de obra durante horas, explicando lo que quería: un salón abierto, más luminosidad, un baño que no pareciera un cubículo de hospital y un dormitorio que inspirase calma y descanso desde la puerta. Lo primero que me enseñaron fue a priorizar. Porque cuando piensas en una reforma integral, te surgen mil ideas que, si las juntas todas sin planificación, acaban convirtiéndose en un collage sin sentido. Así que empezamos revisando la estructura de la casa, las posibilidades reales de abrir muros y las instalaciones antiguas que había que cambiar para cumplir con la normativa actual.
Cuando derribaron la primera pared de la cocina para unirla al salón, sentí una mezcla de emoción y miedo. Ver tu casa convertida en un campo de batalla con sacos de escombro, cables colgando y el eco de los martillazos te hace dudar, pero cada vez que entraba y veía el avance, algo se encendía en mí. Fue entonces cuando comprendí que las reformas integrales en Ribeira no son solo un proyecto estético, son un proceso vital en el que te enfrentas a tus miedos, tus sueños y tus decisiones más íntimas sobre cómo quieres vivir.
Descubrí también el universo infinito de los materiales. Pasé horas eligiendo suelos, desde porcelánicos imitación madera hasta microcementos continuos que prometían una limpieza fácil y un look contemporáneo. Me enamoré de un lavabo de piedra natural que, al final, acabé descartando porque no combinaba con el mueble de baño flotante que ya había comprado. Cada elección era un pequeño dilema, pero también un aprendizaje sobre mis gustos, mis límites y mi presupuesto.
Uno de los momentos más emocionantes fue cuando llegaron los carpinteros para colocar la nueva tarima y los frisos decorativos. De pronto, el salón pasó de ser un espacio frío a un lugar acogedor, con textura y calidez visual. Y cuando colocaron los focos empotrados con luz regulable, sentí que estaba viviendo en una casa sacada de una revista de decoración.
Ahora, cada vez que entro en casa, siento que estoy exactamente en el lugar que quiero. Ya no hay cocina oscura ni baño claustrofóbico. Hay un hogar abierto, luminoso, funcional y, sobre todo, adaptado a mi forma de vivir. Las reformas integrales en Ribeira me enseñaron que renovar tu casa es, en cierto modo, renovarte a ti mismo. Es un proceso largo, lleno de decisiones, de polvo, de sorpresas buenas y malas, pero al final, cuando todo está limpio y en su sitio, te das cuenta de que cada paso valió la pena porque has creado algo único, duradero y que cuenta tu historia.